El Jardín de Plantas Medicinales

La Asociación Valenciana de las Plantas Medicinales (AVPM) aboga de manera manifiesta para que se construyan “jardines de plantas Medicinales” en espacios de acceso público.

Las razones por las que la AVPM muestra este interés son debidas a que estos espacios pueden desempeñar un papel inestimable en la educación de niños y mayores interesando, sensibilizando y difundiendo, tanto entre el público general, como en el especializado, la figura de la planta medicinal en el entorno urbano. Esto es, próxima. Para ello, primero hay que reintroducirlas y eso solo se puede realizar normalizando su presencia en aquellos espacios que resulten frecuentados por los colectivos sensibles.

Parcela de la Ermita, en la Urbanización Masía de Traver. En ella la AVPM ha propuesto al consistorio de Riba-Roja de Túria que comstruya un jardín con plantas medicinales.

Parcela de la Ermita, en la Urbanización Masía de Traver.

En Valencia debiera resultar relativamente sencillo interesar a las autoridades acerca de la importancia de crear jardines medicinales empleando como enseña nuestra propia identidad histórica, no en balde cinco siglos de cultura musulmana (714-1238) han dejado una sólida impronta en la ciudad y en el territorio valenciano y, como vamos a ver, en su cultura (1).

Por otro lado el gran interés político que generan los jardines mediterráneos alberge de plantas medicinales se debe, entre otros, a los siguientes motivos:
– Económicos;
– Didácticos;
– Por su interés paisajístico;
– Mantienen un patrimonio cultural y ambiental;
– Son conservacionistas;
– Resultan exóticos para los foráneos y ofrecen olor, color y textura;
– Enriquecen la oferta turística.

El Huerto de plantas Medicinales en la historia de Valencia –

La idea del jardín, a lo largo de la Historia, siempre ha estado vinculada a la visión de un lugar idílico y rebosante de paz, generalmente localizado en el Más Allá, en el que fluyen ríos y arroyos, y en el que crecen abundantes flores y árboles. El Paraíso persa del Avesta, el Edén bíblico del Génesis, el Paraíso, o Cielo evangélico, todos conforman un concepto de Jardín Espiritual.

En el mundo islámico el Paraíso espiritual accesible al creyente en la otra vida, se compartimenta en siete Paraísos, o Jardines (Yannat) en escala. La ascensión del alma del piadoso musulmán, por esas diversas etapas, configura la máxima purificación y perfección del espíritu, y sólo los místicos de almas selectas, se encumbran con su esfuerzo espiritual hasta alcanzar el Último Jardín. La Luz, o Nur de Alá aludida en el Corán, incide de forma especial en estos Jardines, otorgándoles forma y relieve y derramando sobre ellos su bendición: Alá es la luz de los Cielos y de la Tierra. El libro sagrado de los musulmanes contiene abundantes referencias a los Jardines del Más Allá. Por ejemplo: Quienes obedezcan a Alá y a Su Enviado, Él les introducirá en Jardines regados por aguas vivas, en los que morarán eternamente [Corán (sura 4, aleya 13)]. Así, en los Siete Jardines espirituales hay multitud de ríos y fuentes, y gran cantidad de árboles con cien variedades distintas de frutas en cada uno. Entre ellos aparecen la palmera y el granado, «tan grandes y hermosos que nadie los podría describir». Un caballo al galope tardaría cien años en salir de la sombra del banano, mientras que la hoja del azufaifo podría cobijar a toda la comunidad de los creyentes.

El Primer Paraíso de la espiritualidad islámica es el Jardín de Adán (Yannat ‘Adan), o Jardín del Edén, donde según la escatología musulmana fue creado Adán. En esta primera etapa de bienaventuranza hay un pleno disfrute del alma en relación a la naturaleza, pues, de acuerdo con la tradición islámica, la parte oriental de este Jardín está completamente repleta de árboles, que ofrecen una frondosa sombra. En él se encuentra el árbol de la ciencia del bien y del mal. Por este Jardín fluyen cuatro grandes ríos caudalosos: el Nilo, el Éufrates, el Tigris y el Amu-Darya. En el centro del Séptimo Paraíso islámico o Jardín (Yannat al-na`im) crece el árbol celestial Tubà, cuyas ramas recitan constantemente las suras del Corán, según la mística sufí. Éste es un árbol de gran envergadura, «árbol de la alegría y del deleite». El pie del árbol es de rubí; la tierra donde está plantado, de almizcle y ámbar; las ramas, de esmeralda; las hojas son de brocado; las flores, de oro, y sus frutos, «más blancos que la nieve», son como perlas. La hierba en torno a él exhala un gratísimo perfume. Éste es el Árbol de la Vida espiritual, que sólo alcanzan a ver los Elegidos que logran ascender al Séptimo Jardín, en la antesala de la contemplación mística de Alá.

En todo el mundo islámico hubo un marcado gusto por la naturaleza, que se manifestó, no sólo en el cultivo de los abundantes jardines y huertos que rodeaban las ciudades, especialmente las andalusíes, como también en el deseo de disfrutar de los paisajes y del bienestar que genera su proximidad. Como consecuencia, produjo el desarrollo de un movimiento poético en el que los temas florales y jardineros fueron protagonistas. El género poético sobre jardines se conoció como rawdiyyat (de rawd, ‘jardines’ en árabe). En él se aludía a los jardines en general, pero existía otro género llamado ‘poema floral’, que se conocía en árabe como nawriyyat, y se refería específicamente a las flores. Este género poético de jardines y flores, rawdiyyat y nawriyyat, de los poetas andalusíes, refleja claramente la impresión que les causaba la contemplación de la naturaleza. Las luces, sombras y colores se proyectan en estos poemas como en el lienzo de un pintor impresionista.

Entre los siglos X y XI prosperaron poetas de estos géneros en el mundo islámico. Entre aquellos poetas sobresalió el valenciano Abu Ishaq Ibrahim Ibn Jafaya, (1058-1139), natural de Alcira, que destacó en el género rawdiyyat, en el que creó una auténtica escuela andalusí, superando a sus maestros, lo que le valió el sobrenombre de al-Yannan, el Jardinero, o el amante de los jardines. Fue ante todo un poeta paisajista. Aún hoy, Ibn Jafaya está presente en las antologías de poetas que escribieron en árabe y los libros escolares contienen extractos de su poesía, lo que lo sitúa entre los más grandes poetas de Al-Ándalus y de todos los tiempos. También le llaman el poeta de la noche, de los jardines valencianos. A pesar de su fama, eligió vivir en su ciudad natal, no dejándose seducir por las ventajas que habría podido obtener como poeta de corte (2).

Poetas de Al-Ándalus. Ibn Jafaya, “el Jardinero”.

Según el historiador del arte islámico G. Marçais, el mundo musulmán debe su iniciación en el arte de los jardines a Irán, el país de las plantaciones irrigadas y cultivos arbustivos por excelencia. El hecho de que palabras árabes como bustan o firdaws hayan sido tomadas del persa, bastaría para justificar esta hipótesis. La palabra pairidaeza, citada muchas veces en el Avesta (el paraíso persa), significa ‘jardín’. Pasó al árabe con la forma de firdaws y es citada en dos ocasiones en el Corán (XVIII, 107 y XXIII, 11). Este término se transmitió a diversas lenguas occidentales a través del Oecomenicus de Jenofonte (paradeisos en griego, paradisus en latín, paradis, paradise, paradiso, etc. en las lenguas europeas), significando exclusivamente ‘paraíso’ y no, ‘jardín’.

El agua es el elemento primordial del jardín islámico. Los recursos se dirigen a un uso óptimo de la misma, mediante técnicas de recogida, almacenamiento y distribución, exaltándola en la composición. Su forma está determinada por los canales y los estanques que la contienen. Aparece tanto de forma estática, contenida en estanques, como en movimiento, circulando por los canales y saliendo de surtidores, de manera que ofrece un fondo sonoro y un contraste dinámico.

La luz también desempeña un papel importante en los jardines. La cultura islámica considera la luz símbolo de bondad, verdad y armonía. Así, cada elemento del jardín está pensado según su manera particular de absorber o reflejar la luz. Desde la arquitectura, en donde arcos y yeserías caladas introducen rayos y puntos de luz en el peristilo del patio, o su decoración con azulejos vidriados o metalizados que producen destellos desde el fondo; al agua, cuya utilización como lámina de espejo provoca una luminosidad en el centro del jardín; pasando por los tonos cálidos de frutos y flores de las especies vegetales.

En ciudades como Granada, Murcia, Valencia, Córdoba, Toledo, Sevilla o Almería surgió una extraordinaria literatura agrícola (literatura geopónica en lengua árabe, cuya evolución historiográfica puede seguirse desde el siglo XI hasta el XIV), donde la mayoría de los autores fueron médicos. Su interés por la agricultura estaba marcado por el conocimiento y aplicaciones médicas y dietéticas de las especies vegetales.

El agua, remansada en los azudes de los ríos, se distribuía por riguroso turno por medio de las acequias y brazales a cada predio, según su superficie y el volumen del caudal que repartieran. En torno a este sistema surgió desde el siglo X una serie de funcionarios encargados de velar por el reparto justo y ordenado: el wikalat al-saqiya, o «gobierno de la acequia». Según el insigne arabista francés Levi-Provençal, esta institución fue el antecedente del Tribunal de las Aguas valenciano (2,3).

En tanto, en la Europa cristiana, Carlomagno dirigiéndose a sus villici, los gobernadores de sus dominios (villæ, villis), decreta un determinado número de observaciones y reglas, conocido como Capitulare de villis vel curtis imperii que es un acta legislativa que data de finales del siglo VIII o principios del siglo IX. Este texto es conocido sobre todo por el capítulo 70 que contiene la lista de un centenar de plantas, árboles, arbustos o simples hierbas de las que ordena sean cultivadas en los jardines reales.

Ello da lugar a que por primera vez se nombraran claramente los distintos jardines de los monjes y se sitúan en el espacio; así mismo se enumeran sus atribuciones y fuera definido su contenido.

En el Capitulare de villis son señalados tres clases de jardines diferentes:
– El herbularius o jardín de los simples: es en general, y a la vez, un jardín de plantas medicinales, aromáticas y condimentarias, por la simple razón que la mayoría de las plantas alimentarias son también remedios;
– El hortus o huerto: (literalmente el “encerrado”);
– El viridarium o huerta: en el que se cultiva vid, setos y bojes, puede también evolucionar en jardín de autorización. Debe contener varios ejemplares de los 16 siguientes árboles frutales: nogal, avellano, manzano, peral, ciruelo, serbal, níspero, castaño, melocotonero, membrillo, almendro, morera, laurel, pino, higuera, cerezo. En el decreto también señala que el jardinero tenga sobre su casa siemprevivas. Sin embargo, los monjes sabían también que podían cultivar ruibarbos al pie de los nogales y hacer enredar la vid en los manzanos… La idea que subyacía era la siguiente:  “Verduras para la cocina, hierbas para la enfermería y flores para la iglesia… o el cementerio“. Los árboles: para fruta y sombra.

Actualmente muchos monasterios poseen un jardín (más o menos) conforme al capitular. Por citar:

– Corbie
– El jardín de la Abadía de Saint-Benoît-sur-Loire;
– El jardín de la Abadía de San Galo en Suiza, data del siglo IX;
– El jardín carolingio de Melle, situado en Melle (en los Deux-Sèvres, en el yacimiento arqueológico de las antiguas minas de plata de los reyes francos), es una reconstrucción de los jardines del tiempo carolingio. Los cultivos se inspiran en el capitular De Villis mientras que el trazado del jardín es a imagen del jardín del monasterio de Saint-Gall.
– El Jardín Botánico de Aquisgrán (4)

Los Monasterios en sus comienzos solían estar en lugares apartados y la vida se organizaba de forma que se pudiera producir un autoabastecimiento. De ahí la importancia que adquirieron los huertos dentro de la estructura y el espacio de estos recintos. En primer lugar, se hallan en la base de la alimentación de la vida monacal. También gracias a la dedicación de los monjes se mantuvieron en uso los antiguos conocimientos de botánica, indispensables para el desarrollo de la farmacopea y cultivo de diversas especies vegetales, tanto comestibles como ornamentales. En segundo lugar, las plantas aromáticas no solo aportan condimentos y aromas a las comidas, sino que en muchos casos tienen un gran número de propiedades medicinales que sirven de base para la preparación de toda clase de ungüentos y remedios contra los males. Farmacias vivas que un buen herbolario podría utilizar en cualquier época del año, tanto frescas como conservadas en frascos. Las plantas no son buenas solo para comer, también curan si se toman en la medida adecuada. Además, muchas de ellas permiten hacer jabones, o preparar colorantes o hacer cestos, licores, mermeladas y un gran número de productos cosméticos. En tercer lugar, para el reposo y la meditación, estos lugares crean un ambiente de recogimiento y de paz difícil de reproducir en otros sitios; y, por último, con toda la disponibilidad de productos descrita, es lógico esperar el desarrollo de las ciencias relacionadas con la agricultura, la medicina e incluso la investigación genética.

Como ejemplo, el Jardín Medicinal del claustro del Monestir de Pedralbes, que es un proyecto en el ámbito de Barcelona Ciencia, organizado por Museu d’Història de la Ciutat de Barcelona y el Monasterio de Pedralbes. El Real monasterio de Santa María de Pedralbes es un conjunto de monumentos de estilo gótico ubicados en la ciudad de Barcelona. Más que una reconstrucción exacta del jardín histórico del monasterio, se ha querido crear un jardín de plantas medicinales cultivando especies vegetales contempladas en algunos de los tratados medievales sobre medicamentos simples. En la base de este proyecto se encuentran los manuscritos: Llibre de les medecines particulars, versión catalana del siglo XIII de la obra original del siglo XI en árabe del médico Ibn Wafid; y una sección del tratado Physica, de la mística benedictina Hildegarda de Bingen, del siglo XII. «Queremos explicar el gran espacio sagrado que es el monasterio con todas sus potencialidades, y no quedarnos solo en la arquitectura y las obras de arte. El objetivo es acercar al visitante lo que era el día a día de la comunidad». «El claustro, por el contrario, está cargado de simbolismo. Su apertura central conecta con Dios y, por tanto, es el lugar adecuado para la meditación (5).

Monasterio de Pedralbes

El Jardín Medicinal del Claustro del Monasterio presenta una recreación hipotética de un herbario medieval plenamente funcional.

La estructura típica del jardín medieval de los claustros de monasterios y conventos seguía el modelo del Hortus Conclusus. Se trataba generalmente de un jardín donde primaba la utilidad más que su aspecto decorativo. De él se debían obtener: alimentos, tejidos, medicinas y en ocasiones flores. Su estructura es geométrica y simple, generalmente cuadrada y subdividida en 4 cuadrados con un punto de agua y/o un árbol en el centro con una puerta de entrada orientada al este. Estos jardines estaban cargados de simbología. Su fin último era buscar la representación del jardín del Edén.

“Plantó luego Dios un jardín en Edén, al oriente, y puso allí al hombre…hizo brotar de la tierra toda clase de árboles hermosos a la vista y sabrosos al paladar, y en el medio del jardín puso el Árbol de la Vida y el Árbol de la Ciencia del Bien y del Mal. Salía de Edén un río que regaba el jardín, y de allí se dividía en cuatro ramales… Pisón, Gibón, Tigres y Éufrates… tomó pues al hombre y lo puso en el Jardín para que lo cultivase y guardase, y le dio este precepto: De todos los árboles del jardín puedes comer, pero del Árbol de la Ciencia del Bien y del Mal no comas porque el día que de él comieres ciertamente morirás…”

He aquí la extraordinaria imagen de un lugar ideal, dispuesto especialmente con el propósito de albergar al bienaventurado hombre inmediatamente después de su creación. Del pasaje bíblico parece desprenderse que el primer hombre no emergió a la vida en Edén, no fue creado allí, sino que el Dios Padre le transportó a aquel lugar perfecto en calidad de jardinero divino, tal como le había ocurrido a su homónimo precedente el sumerio Adapa, llevado tras su nacimiento al reino divino de Dilmun. Esta coincidencia entre ambos relatos confirma el mito que asocia al jardinero primordial con el iniciado en los antiquísimos misterios de la vegetación, es decir, en la génesis de la planta cultivada.

El jardinero cuida en especial del mágico Árbol de la Vida, único vehículo capaz de transmitir la inmortalidad, aquel que con tanto ahínco persiguió el héroe Gilgamesh en su legendario periplo, y participa en cierta medida de ese misterioso don.

Así, se puede considerar el jardín mudéjar como la expresión española del jardín medieval, ya que florece como amalgama de dos sistemas culturales que han perdurado hasta el siglo XV. Este jardín se muestra como un ejemplar híbrido que conserva componentes heredados de oriente y, reunidos a otros de filiación cristiana, comparten siempre la estructura geométrica cruciforme soporte de ambos modelos (6).

Entre tanto, en Valencia, Jaime I de Aragón en 1.239, sobre la que fuera una almunia árabe, inició las obras de un vasto Alcázar provisto de huertas, empleando en su construcción mano de obra judía y sarracena. Las primeras torres se culminaron hacia 1.335, pero a causa de las guerras que el rey Pedro el Ceremonioso mantuvo con su homónimo castellano, y a excepción de una de ellas que aguantó en pie, éstas no soportaron los embates bélicos y se arruinaron casi por completo, por lo que resultó necesario reconstruir los edificios, dándose comienzo a ello en 1.369. Las nuevas obras mantuvieron el aire morisco de las piezas desaparecidas, y es de suponer que ocurriera lo mismo en la ornamentación de los remozados jardines. A finales del siglo XIV el Alcázar contaba con una leonera, emplazada junto a una de las acequias que abastecía de agua al real predio, además de una gran jaula con aves diversas. Los jardines, mayores en extensión que los sevillanos, estaban dispuestos en sectores diferenciados, mostrando siempre un trazado cuatripartito. En el siglo XVI se construyó un nuevo jardín, siguiendo la moda de la época, que se adornaba con multitud de Figuración vegetal. Los jardines estaban rodeados por plantaciones de naranjos, dando la impresión de un vergel continuo sin límites, que se unía a las plantaciones colindantes sin aparente interrupción.

El jardín más grande, de superficie rectangular, estaba dividido en dieciséis parcelas iguales. Esto suponía la reproducción exacta de la figura del antiguo jardín persa cuatripartito, el chahar-bag o cuatro jardines, aunque en este caso las amplias rías del modelo original se habían convertido en caminos. Otra huerta- jardín, llamada del Vivel, debía su nombre a que contenía una enorme alberca donde se criaban peces. Junto a ella había un jardín cruciforme, plantado de naranjos entrelazados que formaban una estructura vegetal, y en el centro se levantaba un pabellón de madera, que se revestía a su vez de vegetación. Pavos reales y cisnes transitaban libremente, sumando sus cantos a los de miles de pájaros contenidos en jaulas.

En Navarra también se construyeron jardines durante el siglo XV, el más antiguo en el Castillo de Olite, siendo realizados por alarifes valencianos, quienes lo decoraron con cerámica procedente de Manises. Los jardines principales estaban situados en la cubierta del edificio y por ello se les llamaba pensiles o colgantes, remedando con este nombre los famosos de Babilonia (7).

Los intentos de la monarquía hispánica por crear un Real Jardín Botánico se remontan al reinado de Felipe II (1556-1598), quien mandó establecer un jardín botánico en Aranjuez. Su hijo y sucesor, Felipe III (1598- 1621), creó nada más subir al poder un jardín de plantas medicinales en la Huerta de la Priora, cerca del antiguo alcázar madrileño. Con las reformas llevadas a cabo por Felipe II, quedó dentro del recinto del Alcázar al ser ampliado éste. Era el Jardín del Rey. Estaba compuesta de todo tipo de árboles frutales y de numerosas fuentes. En una fecha tan temprana como 1598, un médico de Felipe III -Honorato Pomar- creó aquí unos jardines destinados al cultivo de plantas medicinales (8).

Conclusión: Históricamente, cada vez que el hombre ha dispuesto un recinto ajardinado, ha utilizado la figura del cuadrado como clave para su trazado. Orden y geometría se amalgaman y acceden a la categoría de lo divino, para oponerse a la dualidad contraria: desorden y naturaleza, asimiladas culturalmente a la expresión de lo demoníaco (7).

El Jardín no solo recrea un espacio estético y lúdico, también genera un ambiente de recogimiento y de paz que facilita el reposo y la meditación, siendo apto para la realización trascendente de la naturaleza humana, realización trascendente que viene a representar el Santo Grial, que de mano del hijo de Dios sella el nuevo pacto, por el que aquellos que son llamados reciben la promesa de la herencia eterna, pudiendo retornar al paraíso, al jardín tantas veces representado.

El patriarca hebreo Abraham nació en Ur de caldea, como describe la Biblia. Ur también fue una de las ciudades más antiguas de Sumeria. Tanto para la religión judía como para la cristiana y la islámica, Abraham fue el primero de los patriarcas. Estas tres religiones comparten el Génesis como libro sagrado. Los cristianos y musulmanes diseñan sus jardines siguiendo el modelo del “origen”. Como Abraham procede de caldea y que termina originando las tres religiones del libro, y éstas realizan sus jardines figurando el paraíso descrito en el Génesis; lo que es más, la palabra con la que se designa jardín en Caldeo, pairidaeza, define el concepto de paraíso, concepto que otorga el objeto religioso a las mismas: retornar al paraíso. Puesto que las historias del Génesis están basadas en tradiciones orales del II milenio a. C, debemos suponer que fueron los judíos quienes conservaron y enseñaron repitiendo el modelo del jardín tradicional y así contribuyeron a la génesis del diseño clásico que el paraíso ofrece en la literatura sagrada.

Miguel B. Quel Benedicto

Dr. en Medicina y Cirugía

Leave a Comment